Un grupo de científicos desarrolló células solares de perovskita ultradelgadas, con un espesor de apenas 10 a 60 nanómetros. Según el estudio, estas nuevas celdas son unas 50 veces más finas que las células de perovskita convencionales y hasta 10.000 veces más delgadas que un cabello humano.
El avance abre una nueva etapa para la energía solar integrada en edificios, una tecnología conocida como BIPV por sus siglas en inglés: fotovoltaica integrada a la construcción. La idea es que ventanas, fachadas o vidrios tintados puedan generar electricidad sin ocupar espacio adicional ni alterar de manera significativa la estética urbana.
Eficiencia y transparencia
Las celdas desarrolladas pueden funcionar en dos formatos. En su versión opaca, alcanzan una eficiencia de hasta el 12%. En su versión semitransparente, permiten el paso del 41% de la luz visible y logran una eficiencia del 7,6%.
Aunque estos valores todavía están por debajo de los paneles comerciales de silicio, que suelen ubicarse en rangos superiores, el dato relevante es su aplicación: no buscan reemplazar de manera directa a los paneles tradicionales, sino sumar nuevas superficies de generación eléctrica en ciudades donde los techos disponibles son limitados.
Un método más limpio y escalable
El desarrollo se fabricó mediante evaporación térmica en vacío, un proceso industrial utilizado en sectores como pantallas OLED y tecnologías de película delgada. Este método permite depositar capas extremadamente finas y uniformes sin recurrir a disolventes tóxicos.
La ventaja técnica es doble: reduce el uso de materiales y mejora la posibilidad de escalar la producción. Al requerir menos materia prima, las células podrían ser más livianas, más baratas y con menor impacto ambiental frente a tecnologías solares más convencionales.
Ventanas que generan electricidad
El principal potencial de esta tecnología está en su integración urbana. Una fachada vidriada, una ventana o un vidrio semitransparente podrían transformarse en superficies activas capaces de producir electricidad durante el día.
Además, estas celdas funcionan bien con luz difusa o indirecta, una condición habitual en ciudades nubladas, zonas de sombra o entornos con alta densidad edilicia. Esto amplía su utilidad más allá de los lugares con radiación solar directa constante.
Los desafíos pendientes
El salto tecnológico todavía enfrenta obstáculos. La perovskita tiene un problema histórico de estabilidad, ya que pueden degradarse frente a la humedad, el calor o la exposición prolongada a la luz. También resta demostrar que el proceso puede escalarse desde pequeñas áreas de laboratorio hacia superficies de metros cuadrados.
Otro punto clave será mejorar la eficiencia sin perder transparencia. En ese equilibrio se juega buena parte del futuro comercial de esta tecnología.
Un paso hacia edificios generadores
Los investigadores ya patentaron el proceso y mantienen conversaciones con empresas para avanzar hacia su industrialización. Si logra superar las pruebas de durabilidad y escala, esta tecnología podría convertirse en una herramienta relevante para la transición energética urbana.
No se trata de un panel solar convencional, sino de una nueva forma de integrar generación eléctrica en la vida cotidiana: edificios, ventanas, autos, dispositivos portátiles o superficies livianas capaces de producir energía de manera discreta y distribuida.









