La consultora McKinsey volvió a poner a Vaca Muerta en el centro de la discusión energética global. Su informe advierte que Argentina tiene una oportunidad histórica para ingresar al mercado internacional del gas natural licuado para 2030, pero también marca una condición inevitable: sin inversiones masivas, infraestructura coordinada y reducción de costos, el potencial puede quedar atrapado bajo tierra.
El punto de partida es geológico. Vaca Muerta es una de las mayores acumulaciones no convencionales del planeta, con recursos técnicamente recuperables estimados por la EIA en unos 308 billones de pies cúbicos de gas y 16.000 millones de barriles de petróleo y condensado. Además, el shale neuquino ya explica una porción dominante del crecimiento energético argentino: en septiembre de 2024, representó el 74% de la producción nacional de gas, según datos de la EIA y la Secretaría de Energía.
Una ventana que no espera
El mercado global de GNL atraviesa una etapa de transición. McKinsey proyecta un exceso de oferta hacia 2030, impulsado principalmente por nueva capacidad en Estados Unidos y Qatar. Pero ese escenario cambiaría hacia mediados de la década de 2030, cuando podría abrirse una brecha de suministro de entre 135 y 220 millones de toneladas anuales. Ahí aparece la oportunidad argentina: llegar a tiempo con gas competitivo, contratos flexibles y capacidad real de exportación.
El informe estima que distintos proyectos argentinos, entre ellos buques de licuefacción flotante y el concepto Argentina LNG, podrían alcanzar hasta 28 millones de toneladas anuales de capacidad exportadora hacia 2030. A plena escala, las exportaciones energéticas vinculadas a Vaca Muerta podrían generar hasta US$ 30.000 millones por año, una cifra equivalente a cerca de un tercio de las exportaciones argentinas de 2025, según la estimación de McKinsey.
El cuello de botella: inversión e infraestructura
La clave ya no es solo tener gas. Es poder sacarlo, procesarlo, transportarlo, licuarlo y venderlo. Para eso, McKinsey calcula que Argentina necesitará entre US$ 125.000 y US$ 170.000 millones de inversión durante la próxima década, distribuidos en upstream, midstream, infraestructura de exportación y consumo interno. Solo en infraestructura de transporte y procesamiento, la necesidad de capital podría ubicarse entre US$ 10.000 y US$ 21.000 millones hasta 2030.
Uno de los proyectos críticos sería un gasoducto de 450 kilómetros y 36 pulgadas para conectar Vaca Muerta con una primera terminal flotante de GNL, con un costo estimado de US$ 1.600 millones. En un escenario de mayor escala, una troncal de 48 pulgadas hacia Punta Colorada podría demandar hasta US$ 5.000 millones. A esto se suman plantas de procesamiento de gas, sistemas de recolección, fraccionamiento de líquidos y obras portuarias.

El desafío de competir contra el Permian
El otro gran punto es la competitividad. Hoy, perforar y completar un pozo horizontal de unos 2.800 metros en Vaca Muerta cuesta entre US$ 12 y US$ 16 millones. McKinsey estima que, normalizando la comparación geológica, eso implica un costo entre 30% y 40% superior al de pozos comparables en el Permian estadounidense.
Para cerrar esa brecha, la actividad deberá industrializarse. La consultora proyecta que la perforación debería pasar de unos 450 pozos no convencionales por año en 2025 a más de 900 pozos anuales hacia 2030. Eso exigiría sumar entre 15 y 25 equipos de perforación de alta especificación, además de ampliar flotas de fractura, coiled tubing, provisión de arena, logística ferroviaria y servicios especializados.
La oportunidad existe, pero no será automática. Argentina tiene roca, gas, ubicación atlántica y una demanda global futura que puede jugar a favor. Pero el salto al GNL exige algo más difícil: previsibilidad, capital, infraestructura y escala operativa. Vaca Muerta puede convertirse en una plataforma exportadora de clase mundial. La pregunta es si el país podrá construir a tiempo la cadena industrial necesaria para llegar al mercado antes que la ventana se cierre.









